La “macho pipo”

La anatomía, como la Geografía universal, tiene su topografía concreta: su altitud, su latitud, su distancia al mar, etcétera. Cada individuo, cada persona, cada personaje, siente, padece, sufre y disfruta desde un punto del mapa -anatómico- exacto: éxtasis -no pastillero, se entiende-, depresión, ira, felicidad, resaca.

Me dirijo a ustedes, con sinceridad cruda y burda, como el rumor que cantaba Krahe, desde esta última atalaya.

Siempre me ha gustado jugar al Risk, literal y metafóricamente. El Risk es un juego de mesa en el que participan varias personas. Se reparte una carta con objetivos,  vas conquistando continentes y quitándote del medio a tus rivales y de repente, ¡zas!, o te eliminan o ganas el juego. Las partidas se pueden prorrogar durante horas, y la experiencia me obliga a contar que ha habido algunas que se iniciaron a las tres del mediodía, justo después de comer, y terminaron a las diez de la noche, justo antes de empezar a emborracharme/emborracharnos -no estaba solo, claro-.

Anoche jugué al Risk, sustituyendo el salón de mi casa o el del hogar de un amigo por una discoteca; los países, por copas; el objetivo de conquistar dos continentes, por mujeres. Hacía mucho que no jugaba al, cómo decirlo, Risk erótico, que no es un Risk erótico, sino un Risk vital, diario, cotidiano, diría yo, en el que quien quiere peces debe mojarse el culo, en el que hay que jugar y elaborar estrategias para conseguir un objetivo, en el que, lo más seguro, te comerás los mocos porque tienes una serie de rivales que, a su vez, tienen una serie de objetivos y que, lo quieras o no, estos rivales, decía, quieren ganar, y ya sabéis: para que ellos ganen la partida, tú y el resto tenéis que perder.

Lo que tiene el Risk es que, como en todo juego, lo importante es participar -si el juego te gusta, claro-. Anoche, decía, participé en una de estas partidas después de tres semanas. La partida fue, para qué negarlo, algo grotesca. También fue sencilla: los elementos que se utilizaron en el juego fueron una botella de ron, un amigo escudero, una discoteca y, por supuesto, mujeres. Mi amigo y yo estuvimos en el Dirty Palace y en el Chimpúnguarro Reinabruja. En el primero, pagamos; en el segundo, nos dejaron entrar gratis. En el primero, mi amigo atacó a una tía con novio; yo, estuve a punto de comerme a una gorda que alimentaría a buena parte del sur del Sáhara.

Pero, en el segundo lugar -Chimpúnguarro Reinabruja- estuve bailando con una “macho pipo”. Una “macho pipo”, en mi pueblo, es una mujer que parece un tío, pero que es una tía, con su vagina, sus tetas -por insignificantes que sean-, su pepitillo, su menstruación y el resto de los complementos. Le ataqué porque, con tanto Juego Olímpico y con tanta tía bestial, quería sentirme, por compararlo con algo, como un caniche que se quiere follar a un sanbernardo. La “macho pipo” -“machorro” en el lenguaje vulgar- me siguió el juego al principio, bailó conmigo; yo le metí mano, y debo decir que tenía el culo duro, serrano, kriptonitiano. Fue la primera vez que le tiré a una mujer con estas características. Ay.

Ocurrió que estábamos dos -mi amigo y yo-, decía, y la “macho pipo” tenía tres amigas. Una de ellas, negra, me arrebató a mi “macho pipo” y huyeron de donde estábamos.

Me comí los mocos.

Pero me comí los mocos a gusto, y me quité esa espina, mortal de necesidad, de jugar al Risk por una noche, después de tres semanas de claustro y domesticación.

Perdí la partida, porque no conseguí mi objetivo -trincarme a una tía-. Pero, qué coño: a veces, me conformo con participar. Aunque no gane la partida.

Anuncios

Madrid, el caleidoscopio

Madrid es un ecosistema múltiple, donde la evolución languidece y alza la mano, permitiendo que gentes de mil especies raciales, sociales, culturales, sexuales y religiosas convivan en paz y armonía, cada una en su territorio, que no suele tener más frontera, en general, que un puerta búlgaro o rumano que, o bien te deja pasar al garito -ya sea cobrándote o no-, o bien te dice “vete a tu casa por borracho/porque no me gusta como hueles/porque has pisado una mierda” -o por la suma de todo lo dicho anteriormente-.

En Madrid no se extingue ningún animal humano, salvo que se bañe en el Manzanares con frecuencia. De ahí la proliferación de tribus urbanas, de ahí la diversidad de ecosistemas, decíamos antes. Si alguien se llevara un oso polar, pongamos, al desierto de Atacama, el plantígrado moriría de calor, de hambre o de sed, del mismo modo que si intentáramos criar, por ejemplo, una familia de dragones de Komodo en un fiordo noruego -a los varánidos no les valdría sólo la antropofagia, ya que son reptiles, animales de sangre fría, y morirían por culpa del clima, del mismo modo que algún jubilado la ha palmado en alguna sauna, de tanto sudar, o vaya usted a saber de qué-. Madrid, casera de pensión maruja, entrega al úrsido blanco y al lagarto gigante las llaves de unas habitaciones adaptadas a cada uno.

Parafraseando a Larra, que se voló la cabeza en su casa, situada muy cerca de la Almudena y de la Plaza de Oriente, salir en Madrid es llorar, pero de alegría, porque el peregrino, el guiri, el chulapo, el charnego, el gitano, el estudiante, el moro, el cura o el marica -y sus respectivos femeninos, no sea que me tilden de machista- pueden ir a mil sitios, cada uno de su padre y de su madre, diferentes, parecidos, caros, baratos, sucios, limpios, de ambiente -véase, Chueca- y de medio ambiente -véase la Casa de Campo-. La capital de España, país hoy provincia de Alemania, está repleta de bares, de discotecas, de puticlubs, de pubs y de parques en los que respirar, beber, leer o follar mientras no te pille ningún guardia -eso sí, fumar, lo que se dice fumar, sólo se puede hacer en la calle-.

Por la noche, Madrid se desnuda y se ofrece parcial y específicamente, a la vez que en general: los que quieran disfrutar de un plan tranquilo, lo tendrán; los que quieran colocarse y bailar “chunda-chunda” sin sentido, se podrán colocar y dislocarse la columna; los que quieran degustar guiris, podrán acudir a sitios de guiris; los que quieran degustar pijas, podrán acudir a sitios de pijas -talonario en mano, eso sí-. Aquellos que, como Chayanne, “de lunes a domingo” van desesperados, encontrarán en Madrid una mano tendida, y si bien no toda la ciudad está de marcha, siempre podrán dirigirse a la zona de Huertas, y luego Dios dirá.

El menú, digo, es rico. Madrid le coloca la carta al comensal y este, lo único que tiene que hacer, es elegir el plato o los platos que va a degustar.

Que aproveche.

Dígame, doctora (proyecto de canción)

El virus de la nostalgia se medica con mujeres,
la gripe de la ruptura se vacuna con Brugal,
la fiebre de la pasión no calienta si tú quieres,
la herida del fracaso cicatriza sin napalm.

Dígame, doctora,
cómo se cura el mal de amor.
Guárdeme hora
para consulta, haga el favor.
Vacúneme de olvido,
solo le pido: tenga piedad.
Cósame el descosido,
recéteme lorazepam.

La tos del día a día no atraganta al amor mudo,
la arritmia del corazón nunca nos marcó el paso,
me dijiste “márchate” en mitad de un estornudo,
te limpiaste en tu pañuelo, escupiste mi fracaso.

Dígame, doctora,
cómo se cura el mal de amor.
Guárdeme hora
para consulta, haga el favor.
Vacúneme de olvido,
solo le pido: tenga piedad.
Cósame el descosido,
recéteme lorazepam.

Dígame, doctora,
cómo se cura el mal de amor.
Cúreme ahora,
deme morfina para el dolor.
Y si la lobotomía
es necesaria: actúe ya.
Pero ojalá que llegue ya el día
en que de amor vuelva a enfermar.

Lárgate de aquí

Me iré al infierno,
y allí me quemaré.
Caeré en el Averno
y no me levantaré.
Sé que no es lo mejor
pero es bueno para mí.
Nena, lárgate de aquí.

Moriré cien veces,
el suicidio probaré,
comeré las heces
del maldito Lucifer.
Sé que no es lo mejor
pero es bueno para mí.
Nena, lárgate de aquí.

Que me mire un tuerto
si así no te veo más,
que se hunda el puerto,
que se halle “Muerto” el mar.
Sé que no es lo mejor
pero es bueno para mí.
Nena, lárgate de aquí.

Largo, largo, largo, largo,
no te hagas cargo
de mi sufrimiento más.
Largo, largo, largo, largo
no te hagas cargo
de mi sufrimiento más.

Cambiaré de casa
y también de país.
Partiré a Mombasa,
quizá me pire a París.
Sé que no es lo mejor,
vivo a gusto en Madrid.
Nena, aléjate de mí.

Mi penitencia

Termínate lo poco que te queda por quererme,
apura el vaso del cariño, no lo recicles.
Escúpeme en la cara lo adorable y lo terrible,
ahógame como el maso a su damita de alterne.

Recurre a los chamanes y a la magia negra,
a los caimanes, a los santos y a los demonios,
maldíceme para siempre, condéname al otoño,
retírame las joyas, destiérrame a la quiebra.

Te cambié por una perita bañadita en glucosa,
invertí mi erección a un valor sin futuro,
me escondí de lo nuestro, disparé sin seguro,
provoqué la situación, lo fatal y esas cosas.

Y ahora, que vi que la pera sabía a veneno,
recuerdo ese culo tuyo, y tu bolso y tu risa,
y tus gafas, y tus bragas, y tus camisas,
y las charlas, y las caricias en tus senos.

Malditas también las discusiones, y el hastío,
y la ciencia y la religión, la fe y la indiferencia.
Virgencita del Rocío, levántame la penitencia,
que yo vuelva a amar, que se cosa el descosío.

Borrón y cuenta nueva

Los Pepitos Grillos
me atormentaron,
no me dejaron en paz.
Se llamaban viejos,
decían ser sabios,
pero no vieron el mar.
Nunca les llegué a hacer caso,
aunque estuve a punto una vez.
Al final les dije: “paso”,
borrón y cuenta nueva haré.

Decían ser amigos
todos esos tipos
que me intentaban vender.
Mostraban sonrisas,
decían llevar prisa,
cuando de veras necesité
un consejo de oro macizo,
no tardé en mandarlos por ahí.
Al final no ricé el rizo,
borrón y cuenta nueva me di.

Y por qué no hablar
de las jóvenes reinas
por las que un día babeé.
En dos mil ocasiones
cometí mil errores,
en el resto, ni lo intenté.
Ahora que me he enamorado,
alguna anda de mí detrás.
De mi corazón se han borrado,
lo que dije antes una vez más.

Muy gracioso el cerdo
que rompía espejos
deseándome todo su mal.
Por ser de otra casta,
presagió mi desastre,
siempre me quiso humillar.
La envidia es una tara
de la que siempre logré huir.
Al final, le salió cara,
nunca estuve en su juego vil.

Cada vez más vicios,
Muchas menos virtudes,
me acechan por la ciudad.
Pues el Santo Oficio
en forma de aludes
me intentará conquistar.
Pero me he independizado
de cualquier forma oficial de pensar,
ahora me he reiniciado,
borrón y cuenta nueva, chaval.

Marta, Marga y yo (II)

Oh, qué bien, así que estudiaste a Marcuse, en NYC, dices. Y Marta asentía, y yo seguía con la conversación. Yo criticaba a Comte, y Marta me llevaba la contraria. Reconozco que la pija americanoide tenía galones, sabía debatir, no era tan gilipollas como creía -no era nada gilipollas-. La inversión de sus padres había dado resultado.

Le preparamos la habitación de invitados, y Marga y yo nos metimos en la cama. Qué bien, parece que tú y mi hermana os empezáis a tolerar, al menos. Me ha parecido muy interesante el debate que habéis tenido mientras cenábamos, aunque me sentía un poco perdida, me contaba Marta. Cariño, en Física no hay quien te gane, y eso sí que es una ciencia, y no la mariconada de la Sociología, le respondí. Nos besamos e hicimos el amor.

Al día siguiente, Marta se presentó en mi despacho. Marga me ha dicho que estás escribiendo un libro, dijo. Sí, respondí. Preguntó sobre qué, y le conté que se trataba de una novelita de viajes, que pretendía mezclar a Phileas Fogg con el Bukowski del Shakespeare nunca lo hizo. Conversamos sobre Bukowski durante largo rato. Hacía mucho tiempo que no conversaba sobre Henry Chinaski, sobre todo con una mujer. Por ejemplo, Marga decía de ‘Hank’ que era peor que un cáncer en el clítoris. En parte tenía razón.

Durante la semana que pasó Marta en nuestra casa creció mi atracción sexual hacia ella. No sé cómo decirlo: para que te atraiga alguien, a veces, también tienes que odiarlo. Yo odiaba a Marta, pero me ponía cachondo. Me la empinaban su cociente intelectual, sus sociólogos, sus escritores, sus aventuras, y por qué no decirlo, también su pijismo.

Ya digo que pasó una semana clavada, y que Marta se mudó a un piso por Ríos Rosas, con dos amigas suyas del CEU.

Me quedé nuevamente solo, con Marga. Los debates sobre Sociología y las conversaciones sobre Literatura fueron sustituidas por la televisión, por el qué tal te ha ido en el trabajo, y por el qué cansado estoy. Cuando nos íbamos a la cama y Marga me pedía que hiciéramos el amor, le decía que había sido un día duro, y mientras ella se giraba y me daba la espalda, yo apagaba la lámpara de mi mesita y me quedaba tumbado mirando al techo, pensando en esa pija a la que odiaba y a la que me quería follar como un animal.