Marta, Marga y yo (II)

Oh, qué bien, así que estudiaste a Marcuse, en NYC, dices. Y Marta asentía, y yo seguía con la conversación. Yo criticaba a Comte, y Marta me llevaba la contraria. Reconozco que la pija americanoide tenía galones, sabía debatir, no era tan gilipollas como creía -no era nada gilipollas-. La inversión de sus padres había dado resultado.

Le preparamos la habitación de invitados, y Marga y yo nos metimos en la cama. Qué bien, parece que tú y mi hermana os empezáis a tolerar, al menos. Me ha parecido muy interesante el debate que habéis tenido mientras cenábamos, aunque me sentía un poco perdida, me contaba Marta. Cariño, en Física no hay quien te gane, y eso sí que es una ciencia, y no la mariconada de la Sociología, le respondí. Nos besamos e hicimos el amor.

Al día siguiente, Marta se presentó en mi despacho. Marga me ha dicho que estás escribiendo un libro, dijo. Sí, respondí. Preguntó sobre qué, y le conté que se trataba de una novelita de viajes, que pretendía mezclar a Phileas Fogg con el Bukowski del Shakespeare nunca lo hizo. Conversamos sobre Bukowski durante largo rato. Hacía mucho tiempo que no conversaba sobre Henry Chinaski, sobre todo con una mujer. Por ejemplo, Marga decía de ‘Hank’ que era peor que un cáncer en el clítoris. En parte tenía razón.

Durante la semana que pasó Marta en nuestra casa creció mi atracción sexual hacia ella. No sé cómo decirlo: para que te atraiga alguien, a veces, también tienes que odiarlo. Yo odiaba a Marta, pero me ponía cachondo. Me la empinaban su cociente intelectual, sus sociólogos, sus escritores, sus aventuras, y por qué no decirlo, también su pijismo.

Ya digo que pasó una semana clavada, y que Marta se mudó a un piso por Ríos Rosas, con dos amigas suyas del CEU.

Me quedé nuevamente solo, con Marga. Los debates sobre Sociología y las conversaciones sobre Literatura fueron sustituidas por la televisión, por el qué tal te ha ido en el trabajo, y por el qué cansado estoy. Cuando nos íbamos a la cama y Marga me pedía que hiciéramos el amor, le decía que había sido un día duro, y mientras ella se giraba y me daba la espalda, yo apagaba la lámpara de mi mesita y me quedaba tumbado mirando al techo, pensando en esa pija a la que odiaba y a la que me quería follar como un animal.

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2 comentarios el “Marta, Marga y yo (II)

  1. Muy bueno, siempre con esa mala leche tan grande! Una cosa, al final equivocas Marta con Marga, y la primera vez que os vais a la cama también. Aunque también he pensado que pudiera ser un error del narrador por confundirlas en sus fantasías…

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