Madrid, el caleidoscopio

Madrid es un ecosistema múltiple, donde la evolución languidece y alza la mano, permitiendo que gentes de mil especies raciales, sociales, culturales, sexuales y religiosas convivan en paz y armonía, cada una en su territorio, que no suele tener más frontera, en general, que un puerta búlgaro o rumano que, o bien te deja pasar al garito -ya sea cobrándote o no-, o bien te dice “vete a tu casa por borracho/porque no me gusta como hueles/porque has pisado una mierda” -o por la suma de todo lo dicho anteriormente-.

En Madrid no se extingue ningún animal humano, salvo que se bañe en el Manzanares con frecuencia. De ahí la proliferación de tribus urbanas, de ahí la diversidad de ecosistemas, decíamos antes. Si alguien se llevara un oso polar, pongamos, al desierto de Atacama, el plantígrado moriría de calor, de hambre o de sed, del mismo modo que si intentáramos criar, por ejemplo, una familia de dragones de Komodo en un fiordo noruego -a los varánidos no les valdría sólo la antropofagia, ya que son reptiles, animales de sangre fría, y morirían por culpa del clima, del mismo modo que algún jubilado la ha palmado en alguna sauna, de tanto sudar, o vaya usted a saber de qué-. Madrid, casera de pensión maruja, entrega al úrsido blanco y al lagarto gigante las llaves de unas habitaciones adaptadas a cada uno.

Parafraseando a Larra, que se voló la cabeza en su casa, situada muy cerca de la Almudena y de la Plaza de Oriente, salir en Madrid es llorar, pero de alegría, porque el peregrino, el guiri, el chulapo, el charnego, el gitano, el estudiante, el moro, el cura o el marica -y sus respectivos femeninos, no sea que me tilden de machista- pueden ir a mil sitios, cada uno de su padre y de su madre, diferentes, parecidos, caros, baratos, sucios, limpios, de ambiente -véase, Chueca- y de medio ambiente -véase la Casa de Campo-. La capital de España, país hoy provincia de Alemania, está repleta de bares, de discotecas, de puticlubs, de pubs y de parques en los que respirar, beber, leer o follar mientras no te pille ningún guardia -eso sí, fumar, lo que se dice fumar, sólo se puede hacer en la calle-.

Por la noche, Madrid se desnuda y se ofrece parcial y específicamente, a la vez que en general: los que quieran disfrutar de un plan tranquilo, lo tendrán; los que quieran colocarse y bailar “chunda-chunda” sin sentido, se podrán colocar y dislocarse la columna; los que quieran degustar guiris, podrán acudir a sitios de guiris; los que quieran degustar pijas, podrán acudir a sitios de pijas -talonario en mano, eso sí-. Aquellos que, como Chayanne, “de lunes a domingo” van desesperados, encontrarán en Madrid una mano tendida, y si bien no toda la ciudad está de marcha, siempre podrán dirigirse a la zona de Huertas, y luego Dios dirá.

El menú, digo, es rico. Madrid le coloca la carta al comensal y este, lo único que tiene que hacer, es elegir el plato o los platos que va a degustar.

Que aproveche.

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Lárgate de aquí

Me iré al infierno,
y allí me quemaré.
Caeré en el Averno
y no me levantaré.
Sé que no es lo mejor
pero es bueno para mí.
Nena, lárgate de aquí.

Moriré cien veces,
el suicidio probaré,
comeré las heces
del maldito Lucifer.
Sé que no es lo mejor
pero es bueno para mí.
Nena, lárgate de aquí.

Que me mire un tuerto
si así no te veo más,
que se hunda el puerto,
que se halle “Muerto” el mar.
Sé que no es lo mejor
pero es bueno para mí.
Nena, lárgate de aquí.

Largo, largo, largo, largo,
no te hagas cargo
de mi sufrimiento más.
Largo, largo, largo, largo
no te hagas cargo
de mi sufrimiento más.

Cambiaré de casa
y también de país.
Partiré a Mombasa,
quizá me pire a París.
Sé que no es lo mejor,
vivo a gusto en Madrid.
Nena, aléjate de mí.